¿A qué edad debe desaparecer el chupete en la infancia?
La odontopediatra Carolina Winter, académica de la Facultad de Odontología UNAB, explica por qué este pequeño accesorio puede dejar una huella duradera en la boca de tu hijo y cuándo es el momento de dejarlo ir.
Hay objetos que parecen inofensivos y que, sin embargo, moldean el cuerpo de maneras que tardan años en verse. El chupete es uno de ellos. Suave, redondo, silencioso: calma llantos, facilita el sueño y se convierte rápidamente en parte del paisaje cotidiano de los primeros meses de vida. Pero su presencia prolongada en la boca de un bebé tiene consecuencias concretas sobre la estructura de su cara y su boca, consecuencias que los padres rara vez conocen con anticipación.

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La doctora Carolina Winter, odontopediatra y académica de la Facultad de Odontología de la Universidad Andrés Bello, se dedica a eso precisamente: a intervenir antes de que el daño ocurra.
Lo que el chupete hace (y no hace) en la boca
Contrario a lo que muchos padres suponen, el chupete no afecta directamente los dientes. Su impacto ocurre en un nivel más profundo y más temprano: altera el crecimiento de los maxilares, especialmente el superior.
"El crecimiento y desarrollo de la cara se produce de forma armónica cuando las fuerzas funcionales del sistema orofacial actúan de manera equilibrada", explica la doctora Winter. Esas fuerzas son la masticación, la respiración, la posición de la lengua en reposo. Cuando se suma el chupete, aparece una fuerza distinta, no fisiológica, que actúa principalmente en sentido vertical. El resultado es un maxilar que crece más hacia arriba que hacia adelante.
Con el tiempo, ese patrón de crecimiento puede derivar en un paladar alto y estrecho, conocido clínicamente como paladar ojival, en mordida abierta, en mordida cruzada posterior y en respiración bucal. Son alteraciones que muchas veces requieren tratamiento ortodóncico posterior.
El momento del retiro
"El uso del chupete no es obligatorio ni indispensable en el desarrollo emocional del niño", dice la especialista. Eso significa que si el bebé nunca lo conoce, tampoco lo necesita. Pero cuando ya forma parte de la rutina, la pregunta no es si retirarlo, sino cuándo y cómo.
La respuesta de la odontopediatría es clara: lo ideal es iniciar el proceso antes del año de vida y completarlo antes de los dos años. La razón no es arbitraria. Antes de esa edad, el tejido óseo aún es lo suficientemente moldeable como para corregirse solo, sin intervención. Después de los dos años, las alteraciones tienden a consolidarse.
Un detalle que la doctora Winter subraya: el chupete no debería estar sujeto mediante cuerdas, cintas o colgantes a la ropa del bebé. Esos accesorios, diseñados para evitar que el objeto caiga al suelo, en realidad prolongan su uso de manera continua a lo largo del día, acelerando precisamente el daño que se quiere evitar.
Por qué cuesta tanto dejarlo
El chupete no calma por casualidad. La succión está neurológicamente asociada a sensaciones de placer, satisfacción y regulación emocional. Forma parte de los sistemas de recompensa del cerebro, los mismos que regulan el bienestar en los primeros años de vida.
Por eso, cuando el retiro se intenta cerca de los dos o tres años, la resistencia del niño puede ser intensa. "El sistema de recompensa del cerebro tiende a demandar el estímulo conocido", explica la especialista. En esos casos, reemplazar el chupete requiere algo más que voluntad: requiere estrategia. Un objeto de apego, contacto físico, palabras tranquilizadoras, validación de las emociones del niño. El proceso es más lento, pero posible.










