En el edificio Gran Océano de Viña del Mar, Claudia Enríquez y su familia denuncian 11 años de hostigamiento constante por parte de una vecina colindante. El caso, expuesto en el programa La Tarde es Nuestra, incluye ruidos molestos, amedrentamientos en áreas comunes y falta de medidas administrativas ante la violencia.
El hogar, que debería ser el refugio de cualquier ciudadano tras una jornada laboral, se ha transformado en una situación compleja para los residentes de un exclusivo condominio en Viña del Mar.
El caso, expuesto en el programa La Tarde es Nuestra, detalla la denuncia liderada por Claudia Enríquez y su hija María Gracia Vasso, quienes apuntan a una vecina cuya conducta errática y violenta ha roto la convivencia de toda una comunidad por más de una década
El testimonio de las víctimas es desgarrador. Según relataron al periodista Kevin Carrasco, el hostigamiento no conoce de horarios ni de formas. Desde toques de timbre insistentes a cualquier hora de la madrugada hasta la colocación de objetos extraños, como plantas, en la puerta de entrada de las víctimas.
"Vivimos violencia extrema de parte de esta vecina. Llevo 11 años en este departamento que colinda puerta con puerta con la de ella. Escucha cosas que no existen y denuncia ruidos inexistentes, situaciones como fábricas o talleres que no existen", explicó Claudia Enríquez durante la transmisión de La Tarde es Nuestra.
El relato sugiere un patrón de conducta donde la agresora se "turna" entre vecinos: cuando deja de hostigar a uno, comienza con el de arriba o el del costado, manteniendo un estado de alerta permanente en el piso.
María Gracia Vasso, hija de Claudia y artista visual, detalló cómo la imaginación de la vecina alimenta el conflicto. Al verla salir con sus obras, la agresora asegura que en el departamento funciona una "fábrica de marcos". Pero las acusaciones llegan a niveles insólitos: a un vecino en silla de ruedas lo acusó de albergar "un ejército de personas con delantales blancos", mientras que a otros residentes de la tercera edad los hostiga alegando el uso de artefactos de baño ruidosos.
Rolando Gárate, un vecino de 83 años, es uno de los pocos que ha decidido llevar el caso a la justicia. "Mi esposa tiene 80 años y movilidad reducida (...) El otro día se le cayó el bastón a las nueve de la noche, yo corrí a recogerlo y empezó el 'show' abajo: golpeando paredes y techos, diciendo que no la dejaban dormir", relató el hombre, quien interpuso una demanda en el Juzgado de Policía Local de Viña del Mar en diciembre pasado.
Uno de los puntos más polémicos del caso es el rol de las sucesivas administraciones del edificio Gran Océano. Según las víctimas, al menos cuatro administraciones han pasado por el condominio y todas han optado por la inacción.
"Entran avisados. Les dicen 'no se metan con ella porque es agresiva'", denunció María Gracia.
Rossana Negrete, experta de Edifito conversó en el programa y fue tajante al señalar que existe una negligencia administrativa profunda. Contrario a lo que se suele creer, la nueva Ley de Copropiedad entrega herramientas estrictas para sancionar estos comportamientos.
"La administración tiene la obligación de velar por la seguridad y el buen funcionamiento del condominio. Deben cursar las multas establecidas en el reglamento y generar protocolos de protección", señaló Negrete.
Además, la experta advirtió sobre la Ley Karin, que protege contra el acoso laboral, señalando que los conserjes del edificio también son víctimas de los gritos y malos tratos de la residente, lo que podría acarrear multas millonarias para la comunidad si no se actúa.
Desde el entorno familiar de la vecina acusada, la respuesta ha sido escueta. Según la investigación del programa, una hermana de la mujer descartó problemas de salud mental severos, atribuyendo su conducta simplemente a una "crisis de ansiedad" provocada por los supuestos ruidos de los vecinos. Sin embargo, para los residentes, la situación ha escalado a un punto de no retorno donde temen por su integridad física.
La mediación municipal en Viña del Mar aparece hoy como la vía más rápida antes de que el conflicto llegue a instancias civiles o penales de mayor envergadura. Mientras tanto, Claudia, Rolando y el resto de los vecinos del edificio Gran Océano siguen esperando que, tras 11 años, la puerta de su hogar finalmente signifique tranquilidad y no el inicio de una nueva jornada de amedrentamiento.