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Crianza compartida: la importancia de educar en equipo

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No es novedad para nadie, que a lo largo de nuestra historia, han sido las mujeres quienes han estado a cargo de la crianza de los hijos. Pero durante los últimos años hemos vivido un cambio de paradigma, y actualmente, en la crianza no es sólo la madre quien se lleva toda la carga.

Esto sucede no sólo porque actualmente la mujer se desenvuelve a la par de los hombres en el mundo laboral. Sea en una pareja tradicional, o en distintos tipos de familias, actualmente equiparar las labores se hace totalmente necesario para poder llevar a cabo una crianza responsable, en la que el niño vea a ambas figuras parentales como referentes al mismo nivel.

A pesar de estos cambios, todavía sigue latente la idea de que las mujeres son las expertas en crianza, y que saben naturalmente cómo llevar a cabo las labores domésticas y de cuidado, ya que el “instinto materno” les dice que hacer. Esto no es real, y puede llevar a tener problemas en la repartición de las responsabilidades.

Porque ser “experto” en crianza no es un don natural, sino un trabajo, que como cualquiera, se va aprendiendo en el camino y mejora con la práctica.

Esto no sólo repercute en la vida de la mujer, sino que en el desarrollo del niño. Las investigaciones sugieren que una relación de crianza compartida saludable permite que los niños se sientan seguros y amados en entornos familiares, lo que los ayuda a crecer en autoestima y confianza.

Dentro de los beneficios más importantes se ha visto que la crianza compartida influye en la seguridad del apego, en el comportamiento de los niños en el colegio, en la calidad de las prácticas parentales (por ejemplo, cuán bien establecemos límites, o cuán bien contenemos a los niños) y en los estados emocionales de los padres.

¿Qué es la crianza compartida?

La crianza compartida no implica necesariamente que cada una de las figuras parentales tenga que hacer exactamente lo mismo y por la misma cantidad de tiempo. La idea de este modelo es trabajar en equipo, dividir las tareas de una forma en la que sea satisfactorio para ambas partes, además de beneficioso para el niño.

Mark E. Feinberg, experto en el tema, plantea que para que haya una buena coparentalidad, debe haber acuerdo en la crianza, división del trabajo, soporte y buena gestión familiar.

El acuerdo en la crianza alude al grado en que los padres están de acuerdo en los temas relacionados con los niños: valores, expectativas de comportamientos, estilo de disciplina, necesidades emocionales, prioridades educativas, etc.

El autor plantea que el desacuerdo en sí no es un problema. Que cuando hay una buena relación de coparentalidad, las figuras parentales acceden a pensar distinto en ciertos aspectos, pero se apoyan, negocian y adoptan compromisos.

La división del trabajo alude a la distribución de responsabilidades relacionadas con el cuidado de los niños y las tareas del hogar. Se ha visto que la satisfacción en la división de tareas influye en los estados emocionales de los cuidadores, especialmente en momentos de cambio y crisis. (Por ejemplo, con la llegada del primer hijo).

El soporte es el grado en que las figuras parentales se apoyan mutuamente. Esto tiene que ver con reconocer al otro en su rol, valorar sus contribuciones y respetar su punto de vista. Cuando no hay una buena coparentalidad, los cuidadores se culpan, critican y devalúan entre sí.

Finalmente, la gestión familiar apunta a cuán capaces son los padres de contener el conflicto ante los hijos y no involucrarlos, establecer límites con otros familiares, organizar los tiempos, etc.

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