Sintiendo el glaciar Perito Moreno

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Un glaciar no se experimenta sólo con los ojos, involucra todos los sentidos. Hay un halo fresco que te envuelve cuando te aproximas. Su frío lo sientes en las narices y, en una conexión mayor, lo puedes percibir incluso en el estómago. Es como cuando abres la puerta del refrigerador, pero multiplicado por diez. Eso me pasó en mi visita al glaciar Perito Moreno, ubicado en la Patagonia argentina y declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1981.

por Claudio Gárate

Desde la entrada, el parque se impone por su magia y belleza. De allí al glaciar, te acompaña un camino de 30 kilómetros en medio de lengas, ñires y calafates. Puedes detenerte en el camino y embarcarte para mirar el Perito Moreno desde las aguas del Lago Argentino, donde si duda te impresionarás con estos témpanos de hasta sesenta metros de altura que llegan a conformar una muralla de cinco kilómetros de largo.

Ya en tierra firme y bajando por las modernas e impecables pasarelas que preceden a esa inmensa masa blanca, mi primera sorpresa fue verla tan cerca de todo (quizás porque el Perito Moreno es uno de los pocos glaciares en expansión del mundo). Allí estaban decenas de turistas esperando ansiosos y de frente el desplome de algún trozo de hielo, aunque fuera uno sólo para verlo caer al agua, sonando fuerte, haciendo eco en todos los alrededores.

Me hablaron de lo impactante que resulta ver la fractura del Perito Moreno. Y lo comprobé cuando menos lo esperaba, sintiendo primero ruidos que nunca antes había oído y viendo caer después una inmensa mole de hielo. Sonó primero, y resonó después, luego se golpeó y pulverizó y, al final, terminó estrepitosamente hundido en el agua. Todo en medio de gritos de sorpresa de los presentes y de un silencio conmovedor después, como buscando una explicación para esta eterna y espectacular agonía glaciar.